Llevo sesenta años escribiendo sobre don Miguel de Unamuno, desde 1938. Hace cincuenta y cinco que se publicó mi libro «Miguel de Unamuno», que no ha envejecido a mis ojos -y, por sus reediciones, parece que tampoco a los de sus lectores-. La razón es que traté de «construir» la figura de Unamuno atendiendo a lo que me parecía más profundo y auténtico, lo que podía permanecer, más allá de los azares, las modas pasajeras, las tentaciones.
«Cuando me creáis más muerto, / retemblaré en vuestras manos» -escribió Unamuno, pensando en el temblor, siempre actualizado, de sus versos-. Unamuno cultivó todos los géneros; poesía, novela, teatro, libros doctrinales llenos de una filosofía rehuida y de preocupación religiosa, artículos sobre todos los asuntos imaginables: paisajes, ciudades, autores, política. Cada lector, incluso cada época, ha ido mirando la obra de Unamuno según diversas perspectivas, y las imágenes de él han ido cambiando. Yo señalé que lo más importante de su obra era lo más desatendido hasta entonces: la novela, en la que veía lo más innovador y creador literariamente y lo más importante filosóficamente: la «novela personal» como método de conocimiento, desde «Paz en la guerra» hasta «San Manuel Bueno, mártir».